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sábado, 11 de octubre de 2008

Una maestría para la vida

Una maestría para la vida

Si no hemos sido capaces de encontrar un sentido a nuestra vida, no es culpa de la vida misma que no lo hayamos descubierto. Su oferta para que la vivamos sigue vigente y se encuentra siempre oculta en cada cosa que nos rodea, esperando que descifremos su secreto en la inmensa gana de colores con que se viste, para que honremos su presencia en medio de nosotros, viviéndola con plenitud. Porque la verdad es que pocos saben vivir, pues no es fácil hacerlo.

Pocos saben que la construcción de su vida depende de ellos mismos y que han de ser diseñadores de su propio destino. La mayoría de la gente prefiere cómodamente creer que las recetas para vivir ya están inscriptas en su código genético y nada o casi nada pueden hacer para modificarlo.

Un vago determinismo fatalista les conduce a la inmovilidad que supone el "ya todo está escrito" y entonces las pérdidas son sólo suyas, al no querer enfrentar el reto de construirse a sí mismos. Hay gente, por ejemplo, que vive para trabajar y no trabaja para vivir. Hay gente que es literalmente poseída por los bienes materiales, en lugar de establecer claramente quién posee a quien. Hay gente que privilegia el activismo que ensordece sus propias ansias por trascender a través de las cosas sencillas que la vida encierra, creyendo que la quietud y la paz del espíritu son tan solo el refugio del irreflexivo y el indolente.

Hay gente que es incapaz de disfrutar de los placeres simples de la vida, como saborear una caminata, o un concierto, o una puesta de sol, o la plática con quien ama, pues está demasiado ocupado construyendo un mundo que quizás no habitará jamás, mientras pierde el contacto consigo mismo, y su necesidad de ser, es ocupado por su hacer y su quehacer.

Los constructores del mañana al no mirar el presente, se pierden la respuesta al único interrogante válido para el hombre que es si acaso vale la pena vivir y por qué. La paradoja del hombre actual es que después de tantos logros, de tantas maestrías y doctorados, que han hecho su vida material cada vez mejor, ha acabado por no saber exactamente qué hacer consigo mismo y hacia dónde debe dirigirse. Le hace falta, sin duda, una maestría para la vida. Por eso, tal vez la gente debería saber más y conocer menos. Saber más de los demás y de sus sentimientos, en lugar de tener tanta información de lo que lo rodea. Pareciera que hemos expulsado de nuestra vida el significado que debe integrarnos a todos, a cambio de una explicación de los fenómenos que constituyen nuestra vaga existencia del mundo. Ahora podemos entender casi cualquier cosa de lo que es objetivo, pero entendemos nuestras vidas cada vez menos.

Hemos acabado por aceptar que casi todo es posible, aunque casi nada sea cierto. Y eso es una tragedia. Por conocer tanto nos hemos perdido la observación de nosotros mismos como seres humanos, únicos e incomparables. Lo cual explica también la insatisfacción que vivimos actualmente en casi todos los órdenes de nuestra vida. La gente debe vivir, día a día e intensamente, la multidimensión que su propia naturaleza le exige. Quizá hoy sabemos más acerca del universo de lo que sabían nuestros antepasados, pero quizás ellos sabían algo más esencial acerca de él algo que a nosotros se nos ha escapado. Hemos preferido explorar la superficie de nuestras vidas y olvidar la propia autonomía interior, el gozo del espíritu y la obstinación por lo profundo. La gente sobrevive en un mundo que es capaz de describir profusamente todas sus reacciones físicas y bioquímicas, pero es incapaz de comprender su propio espíritu inmortal, al ignorar el propósito y el significado definitivo de ese mismo espíritu.

La gente debe vivir no sólo para construir arquitecturas que caducaran algún día, sino también para disfrutar de la intemporalidad de los vínculos que es capaz de crear a trabes del amor; mientras explora mundos ignotos, debe entender también las fronteras de su alma, cuyos bordes tangibles, son la ternura y el afecto y en tanto camina por la inmensidad del espacio, debe encontrar la paz que solo proporciona la calidez del abrazo sincero y sin dejar su especulación sobre los bienes materiales, no debe olvidar que posee también otros activos que debe cuidar si no quiere sembrar sobre arena movediza, donde lo realmente importante que es lo intrínseco a su ser, pueda perderse en el fango frágil del olvido.

Un escritor italiano Giovanni Papini, cuenta la anécdota de un filósofo que paseaba por el río y de un pescador que echaba sus redes. Interrogando a éste sobre lo que hacia, el pescador fue describiendo su quehacer, que era pescar para vender el pescado, obtener unas monedas y así tener dinero para vivir. Cuando el filosofo le preguntó para qué quería vivir, el pescador se quedó perplejo y contestó simplemente que para pescar.

Desgraciadamente así es la vida de muchos; luchan tanto para que su existir dure, que finalmente acaban por olvidar el sentido primordial de sus acciones que debería ser vivir, para trascender por siempre esa misma existencia, a trabes de la obstinada búsqueda de esa seductora fascinación que se encuentra también en el disfrute del aquí y el ahora de la propia vida.

Rubén Núñez de Cáceres de su libro Para aprender la Vida

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