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domingo, 26 de octubre de 2008

MASONES FAMOSOS

viernes, 24 de octubre de 2008

Las tres caras de la Metafísica (ll)

LA CIENCIA BUSCADA.

Es la primera cara y el primer momento de la metafísica. Esta se presenta, en Aristóteles sobre todo, literalmente como “La buscada” (Hé zsetouméne...: “Esta es la ciencia que buscamos.....” Metafísica, I, 2). Y cuando Aristóteles dice “la que buscamos” indica que no es él solamente quien la busca, sino que se trata de algo que todos los filósofos vienen buscando desde hace tiempo. Y lo que los antecesores de Aristóteles habían estado buscando desde hacía mucho tiempo, desde los tiempos de Tales de Mileto, era el conocimiento de los “principios” (arjoi) de todas las cosas.

Entendiendo por “todas las cosas” lo que vemos y tocamos, todo lo que aparece ante nosotros: el mundo físico (Physis: la naturaleza), los vivientes, los hombres y las estrellas... Y entendiendo por “principios” las causas o las razones: el qué y el por qué existe lo que existe, por qué sucede lo que sucede, cómo sucede y para qué, cuál es la razón de ser de cada cosa, su sentido en el curso de los acontecimientos... Aristóteles mismo señala que todo cuanto podemos preguntar acerca de cualquier cosa se reduce a una de estas preguntas: el qué, el cómo, el por qué y el para qué.

Cualquier otra pregunta puede encuadrarse en alguna de las anteriores. Entonces, la Metafísica sería la respuesta o solución de estas preguntas. Pero, cuidado, ya que toda ciencia parece que trata de responder a esas mismas preguntas; pero de modo concreto, en particular, dentro de un sector más particular de la realidad. Por ejemplo, si una ciencia, que llamamos “meteorología” trata de responder a la pregunta “¿por qué llueve?”, otra ciencia más general tratará de responder a la pregunta: ¿por qué hay cambios en la atmósfera o, más en general, en el mundo de la materia?.

Y todavía se puede preguntar: ¿qué es el cambio?, ¿qué es el orden o el caos? ¿cómo es posible que haya cambios sin que todo se desintegre o se cree de nuevo?. ¿Por qué el ser, más bien que el no ser...?, etc... La metafísica, como “la ciencia buscada” debería ocuparse de investigar sobre estas últimas preguntas; o sea, sobre los “principios” y razones últimas de las cosas. Y, por supuesto, sobre el sentido último de la vida humana, pues el hombre aparece como una parte del mundo.

LA CIENCIA SOBRE LOS FUNDAMENTOS.

La metafísica “buscada” por Aristóteles quedó literalmente sepultada con el resto de sus libros, después de la muerte del filósofo. Reapareció en Roma, a donde el general Sila trajo un abigarrado botín de guerra, después de la conquista de Atenas por los romanos (año 86 a. C.). Comienza así la segunda “navegación” de la metafísica. Un largo despertar, que tendrá un primer momento en la misma cultura grecorromana; un segundo momento, en la cultura árabe oriental (Bagdad) u occidental (Córdoba); y un tercer momento, en la incipiente cultura medieval (finales del siglo doce y principios del trece), cuando Aristóteles llega a la Europa medieval, tocado con el turbante y con los atuendos de los hijos del desierto: llega inicialmente a través de los árabes españoles principalmente (Escuela de traductores de Toledo).

En este segundo periplo, la metafísica entra en contacto con la Teología, pues tanto los árabes como los cristianos poseen unas “creencias” que son también respuestas últimas al sentido de la vida; pero son respuestas que se cree procedentes de lo alto, inspiradas por un Ser divino. Así pues, la metafísica seguirá uno de estos dos caminos: o bien sucumbe y se confunde subordinada a la Teología religiosa, o bien intentará mantener su independencia y reclamar su diferencia respecto de las creencias. Tomás de Aquino será el primero en tratar de diferenciar netamente la fe de la razón, la metafísica racional o filosófica, de la Teología religiosa (aun admitiendo que ésta puede ser ayudada en su tarea por la filosofía).

Dice que hay “dos tipos de teología”, la racional o filosófica y la divina o religiosa. La primera tiene un proceso ascendente; la segunda, descendente ya que va desde Dios al mundo. En cualquier caso, la metafísica medieval se presenta como un despliegue ulterior de la ciencia buscada por Aristóteles y por Platón. Consecuentemente con la cultura de los medievales, se constituirá como una ciencia o saber acerca de los Fundamentos, de las bases últimas de lo real. Es, pues, la continuación y la confirmación de la ciencia de los principios primeros. Su labor ahora, sin embargo, parecería ser superflua, pues la Teología invade todos los planos de la vida y parece explicar o dar respuesta a todas las preguntas sobre el mundo.

Pero la Teología misma y la fe religiosa presuponen obligadamente unos preámbulos (Tomás de Aquino los denomina: “Praeambula fidei”) de carácter racional, pues para creer a Dios (que es la fe religiosa) es preciso: saber que existe Dios y que es la Verdad primera (Ya San Pablo lo había indicado: Hebreos, 11, 6). Y estos preámbulos no son de fe, sino que dependen de la razón. Así pues, esta es una labor que corresponde justamente a la Metafísica, llamada también “Teología filosófica”. Pero la Metafísica posee otras tareas fundamentales: Debe “fundamentar” los demás saberes, ya que es como un “saber arquitectónico”, esto es, organizativo del resto de los conocimientos humanos.

Por ello, debe “juzgar” críticamente de la verdad en general y del conocimiento en general. Y esta tarea de “juicio” crítico es lo propio de la Metafísica como Sabiduría.

Las tres caras de la Metafísica

LA CIENCIA BUSCADA.

Es la primera cara y el primer momento de la metafísica. Esta se presenta, en Aristóteles sobre todo, literalmente como “La buscada” (Hé zsetouméne...: “Esta es la ciencia que buscamos.....” Metafísica, I, 2). Y cuando Aristóteles dice “la que buscamos” indica que no es él solamente quien la busca, sino que se trata de algo que todos los filósofos vienen buscando desde hace tiempo. Y lo que los antecesores de Aristóteles habían estado buscando desde hacía mucho tiempo, desde los tiempos de Tales de Mileto, era el conocimiento de los “principios” (arjoi) de todas las cosas.

Entendiendo por “todas las cosas” lo que vemos y tocamos, todo lo que aparece ante nosotros: el mundo físico (Physis: la naturaleza), los vivientes, los hombres y las estrellas... Y entendiendo por “principios” las causas o las razones: el qué y el por qué existe lo que existe, por qué sucede lo que sucede, cómo sucede y para qué, cuál es la razón de ser de cada cosa, su sentido en el curso de los acontecimientos... Aristóteles mismo señala que todo cuanto podemos preguntar acerca de cualquier cosa se reduce a una de estas preguntas: el qué, el cómo, el por qué y el para qué.

Cualquier otra pregunta puede encuadrarse en alguna de las anteriores. Entonces, la Metafísica sería la respuesta o solución de estas preguntas. Pero, cuidado, ya que toda ciencia parece que trata de responder a esas mismas preguntas; pero de modo concreto, en particular, dentro de un sector más particular de la realidad. Por ejemplo, si una ciencia, que llamamos “meteorología” trata de responder a la pregunta “¿por qué llueve?”, otra ciencia más general tratará de responder a la pregunta: ¿por qué hay cambios en la atmósfera o, más en general, en el mundo de la materia?.

Y todavía se puede preguntar: ¿qué es el cambio?, ¿qué es el orden o el caos? ¿cómo es posible que haya cambios sin que todo se desintegre o se cree de nuevo?. ¿Por qué el ser, más bien que el no ser...?, etc... La metafísica, como “la ciencia buscada” debería ocuparse de investigar sobre estas últimas preguntas; o sea, sobre los “principios” y razones últimas de las cosas. Y, por supuesto, sobre el sentido último de la vida humana, pues el hombre aparece como una parte del mundo.

LA CIENCIA SOBRE LOS FUNDAMENTOS.

La metafísica “buscada” por Aristóteles quedó literalmente sepultada con el resto de sus libros, después de la muerte del filósofo. Reapareció en Roma, a donde el general Sila trajo un abigarrado botín de guerra, después de la conquista de Atenas por los romanos (año 86 a. C.). Comienza así la segunda “navegación” de la metafísica. Un largo despertar, que tendrá un primer momento en la misma cultura grecorromana; un segundo momento, en la cultura árabe oriental (Bagdad) u occidental (Córdoba); y un tercer momento, en la incipiente cultura medieval (finales del siglo doce y principios del trece), cuando Aristóteles llega a la Europa medieval, tocado con el turbante y con los atuendos de los hijos del desierto: llega inicialmente a través de los árabes españoles principalmente (Escuela de traductores de Toledo).

En este segundo periplo, la metafísica entra en contacto con la Teología, pues tanto los árabes como los cristianos poseen unas “creencias” que son también respuestas últimas al sentido de la vida; pero son respuestas que se cree procedentes de lo alto, inspiradas por un Ser divino. Así pues, la metafísica seguirá uno de estos dos caminos: o bien sucumbe y se confunde subordinada a la Teología religiosa, o bien intentará mantener su independencia y reclamar su diferencia respecto de las creencias. Tomás de Aquino será el primero en tratar de diferenciar netamente la fe de la razón, la metafísica racional o filosófica, de la Teología religiosa (aun admitiendo que ésta puede ser ayudada en su tarea por la filosofía).

Dice que hay “dos tipos de teología”, la racional o filosófica y la divina o religiosa. La primera tiene un proceso ascendente; la segunda, descendente ya que va desde Dios al mundo. En cualquier caso, la metafísica medieval se presenta como un despliegue ulterior de la ciencia buscada por Aristóteles y por Platón. Consecuentemente con la cultura de los medievales, se constituirá como una ciencia o saber acerca de los Fundamentos, de las bases últimas de lo real. Es, pues, la continuación y la confirmación de la ciencia de los principios primeros. Su labor ahora, sin embargo, parecería ser superflua, pues la Teología invade todos los planos de la vida y parece explicar o dar respuesta a todas las preguntas sobre el mundo.

Pero la Teología misma y la fe religiosa presuponen obligadamente unos preámbulos (Tomás de Aquino los denomina: “Praeambula fidei”) de carácter racional, pues para creer a Dios (que es la fe religiosa) es preciso: saber que existe Dios y que es la Verdad primera (Ya San Pablo lo había indicado: Hebreos, 11, 6). Y estos preámbulos no son de fe, sino que dependen de la razón. Así pues, esta es una labor que corresponde justamente a la Metafísica, llamada también “Teología filosófica”. Pero la Metafísica posee otras tareas fundamentales: Debe “fundamentar” los demás saberes, ya que es como un “saber arquitectónico”, esto es, organizativo del resto de los conocimientos humanos.

Por ello, debe “juzgar” críticamente de la verdad en general y del conocimiento en general. Y esta tarea de “juicio” crítico es lo propio de la Metafísica como Sabiduría.

sábado, 11 de octubre de 2008

Una maestría para la vida

Una maestría para la vida

Si no hemos sido capaces de encontrar un sentido a nuestra vida, no es culpa de la vida misma que no lo hayamos descubierto. Su oferta para que la vivamos sigue vigente y se encuentra siempre oculta en cada cosa que nos rodea, esperando que descifremos su secreto en la inmensa gana de colores con que se viste, para que honremos su presencia en medio de nosotros, viviéndola con plenitud. Porque la verdad es que pocos saben vivir, pues no es fácil hacerlo.

Pocos saben que la construcción de su vida depende de ellos mismos y que han de ser diseñadores de su propio destino. La mayoría de la gente prefiere cómodamente creer que las recetas para vivir ya están inscriptas en su código genético y nada o casi nada pueden hacer para modificarlo.

Un vago determinismo fatalista les conduce a la inmovilidad que supone el "ya todo está escrito" y entonces las pérdidas son sólo suyas, al no querer enfrentar el reto de construirse a sí mismos. Hay gente, por ejemplo, que vive para trabajar y no trabaja para vivir. Hay gente que es literalmente poseída por los bienes materiales, en lugar de establecer claramente quién posee a quien. Hay gente que privilegia el activismo que ensordece sus propias ansias por trascender a través de las cosas sencillas que la vida encierra, creyendo que la quietud y la paz del espíritu son tan solo el refugio del irreflexivo y el indolente.

Hay gente que es incapaz de disfrutar de los placeres simples de la vida, como saborear una caminata, o un concierto, o una puesta de sol, o la plática con quien ama, pues está demasiado ocupado construyendo un mundo que quizás no habitará jamás, mientras pierde el contacto consigo mismo, y su necesidad de ser, es ocupado por su hacer y su quehacer.

Los constructores del mañana al no mirar el presente, se pierden la respuesta al único interrogante válido para el hombre que es si acaso vale la pena vivir y por qué. La paradoja del hombre actual es que después de tantos logros, de tantas maestrías y doctorados, que han hecho su vida material cada vez mejor, ha acabado por no saber exactamente qué hacer consigo mismo y hacia dónde debe dirigirse. Le hace falta, sin duda, una maestría para la vida. Por eso, tal vez la gente debería saber más y conocer menos. Saber más de los demás y de sus sentimientos, en lugar de tener tanta información de lo que lo rodea. Pareciera que hemos expulsado de nuestra vida el significado que debe integrarnos a todos, a cambio de una explicación de los fenómenos que constituyen nuestra vaga existencia del mundo. Ahora podemos entender casi cualquier cosa de lo que es objetivo, pero entendemos nuestras vidas cada vez menos.

Hemos acabado por aceptar que casi todo es posible, aunque casi nada sea cierto. Y eso es una tragedia. Por conocer tanto nos hemos perdido la observación de nosotros mismos como seres humanos, únicos e incomparables. Lo cual explica también la insatisfacción que vivimos actualmente en casi todos los órdenes de nuestra vida. La gente debe vivir, día a día e intensamente, la multidimensión que su propia naturaleza le exige. Quizá hoy sabemos más acerca del universo de lo que sabían nuestros antepasados, pero quizás ellos sabían algo más esencial acerca de él algo que a nosotros se nos ha escapado. Hemos preferido explorar la superficie de nuestras vidas y olvidar la propia autonomía interior, el gozo del espíritu y la obstinación por lo profundo. La gente sobrevive en un mundo que es capaz de describir profusamente todas sus reacciones físicas y bioquímicas, pero es incapaz de comprender su propio espíritu inmortal, al ignorar el propósito y el significado definitivo de ese mismo espíritu.

La gente debe vivir no sólo para construir arquitecturas que caducaran algún día, sino también para disfrutar de la intemporalidad de los vínculos que es capaz de crear a trabes del amor; mientras explora mundos ignotos, debe entender también las fronteras de su alma, cuyos bordes tangibles, son la ternura y el afecto y en tanto camina por la inmensidad del espacio, debe encontrar la paz que solo proporciona la calidez del abrazo sincero y sin dejar su especulación sobre los bienes materiales, no debe olvidar que posee también otros activos que debe cuidar si no quiere sembrar sobre arena movediza, donde lo realmente importante que es lo intrínseco a su ser, pueda perderse en el fango frágil del olvido.

Un escritor italiano Giovanni Papini, cuenta la anécdota de un filósofo que paseaba por el río y de un pescador que echaba sus redes. Interrogando a éste sobre lo que hacia, el pescador fue describiendo su quehacer, que era pescar para vender el pescado, obtener unas monedas y así tener dinero para vivir. Cuando el filosofo le preguntó para qué quería vivir, el pescador se quedó perplejo y contestó simplemente que para pescar.

Desgraciadamente así es la vida de muchos; luchan tanto para que su existir dure, que finalmente acaban por olvidar el sentido primordial de sus acciones que debería ser vivir, para trascender por siempre esa misma existencia, a trabes de la obstinada búsqueda de esa seductora fascinación que se encuentra también en el disfrute del aquí y el ahora de la propia vida.

Rubén Núñez de Cáceres de su libro Para aprender la Vida

viernes, 10 de octubre de 2008

LOS CINCO SENTIDOS.

LOS CINCO SENTIDOS.

"1. El sentido de autocuración: Cuando te portas bien tu cuerpo sana. Nuestros cuerpos gozan de ese sentido, y podemos aprender a reconocerlo. Dicho de otro modo, es posible reconocer cuando te estas curando a ti mismo. Recuerdo que mi curación se produjo acompañada de una gran sensación de liberación emocional. Pero para darte cuenta completamente de este sentido, Tenías que entrar literalmente en otro modo de "ver”; otra vez se trataba del darme cuenta de una nueva vía de mínima-acción en mi cerebro. Tenía que alcanzar el elemento mítico de mi propio ser. Debía soltar mi mente mecánica que todo lo controlaba y, en cierto sentido, "volverme loco".

2. El sentido de la autodestrucción: Siempre que te crees problemas, te hundirás y producirás guerras, enfermedades, etc. Evidentemente era consciente de este sentido. En épocas depresivas, cuando mi auto-estima era muy baja, este me superaba. En esos momentos, me sentía muy solo y aislado, independientemente de donde y con quien estuviera. Solo ahora me daba cuenta que este también era otro modo de "ver"; otra forma en la que me "volvía loco".

3. El sentido de penetración: Poder penetrar en otros niveles, otros mundos y otras dimensiones. Tengo solo una ligera conciencia de este sentido, pero reconocía que era capaz de penetrar en otro modo de "ver", cuando, por ejemplo, me daba cuenta de las sincronicidades extraordinarias de mi vida. Se trataba de mensajes de mi tiempo mítico. Solo lo sentía ligeramente En estos momentos, cuando me enamoraba y cuando era consciente de ideas profundamente intuitivas. Mi habilidad de penetración dependía únicamente, otra vez, de mi voluntad para abandonar cualquier idea preconcebida sobre lo que consideraba el mundo "real"

. 4. El sentido de percepción: La capacidad de percibir los acontecimientos y el mundo que nos rodea bajo una nueva luz. Una vez penetraba en este otro modo de "ver", era capaz de percibir antecimientos normales como extraordinarios. En este caso, de nuevo, una vez era capaz de poner en suspenso mi mente mecánica, cualquier acontecimiento podía ser percibido de modo extraordinario. Para conseguir completamente este sentido, uno tenía que confiar en su propia intuición, incluso cuando los resultados que obtenía eran totalmente "absurdos". Recuerdo muchas veces el darme cuenta que estaba ignorando este sentido "interno". Siempre que lo hacía cometía un error.

5. El sentido de revelación: La capacidad de entender lo que has percibido en estos mundos. En los momentos en que percibía los acontecimientos como extraordinarios, era capaz de atrapar la información recibida y utilizarla cuando mi mente de nuevo penetraba en pensamiento mecánico. Dicho de otro modo, era capaz de llevar mi ser de sentimiento-intuición a mi mundo de pensamiento-sensación. Podía poner en palabras mi comprensión de lo que me había sido revelado."

jueves, 2 de octubre de 2008

SABIDURÍA

SABIDURÍA

Cierto día , caminando por la playa reparé en un hombre que se agachaba a cada momento, recogía algo de la arena y lo lanzaba al mar .

Hacía lo mismo una y otra vez.

Tan pronto como me aproximé me di cuenta de que lo que el hombre agarraba eran estrellas de mar que las olas depositaban en la arena, y una a una las arrojaba de nuevo al mar. Intrigado, lo interrogué sobre lo que estaba haciendo, a lo cual me respondió: estoy lanzando estas estrellas marinas nuevamente al océano.

Como ves , la marea es baja y estas estrellas han quedado en la orilla si no las arrojo al mar morirán aquí por falta de oxígeno. Entiendo, le dije, pero debe haber miles de estrellas de mar sobre la playa.

No puedes lanzarlas a todas. Son demasiadas. Y quizás no te des cuenta de que esto sucede probablemente en cientos de playas a lo largo de la costa ¿no estás haciendo algo que no tiene sentido?

El nativo sonrió, se inclinó y tomó una estrella marina y mientras la lanzaba de vuelta al mar me respondió: ¡ para esta si lo tuvo ! Sé que en este mundo complicado, trastocado, acelerado, equivocado, un gesto de ternura y solidaridad no alcanza... Nada puedo hacer para solucionar las penas del mundo pero mucho puedo hacer para ayudar en el pedacito de mundo que me toca.